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IMAGINARIUM: ENTREVISTA CON UN PECULIAR ENFERMO
Añadida el 14-03-2010 Por nixon
Tipo: relato
– ¿Tengo que hablar ya?
– Claro, ya estamos al aire de nuevo, ¿quieres que te repita la pregunta?
– No, no. No es necesario. Es que aun no me acostumbro a estos programas de radio a los que me invitan. Como que voy a tener que estudiar radio… Bueno, respondiendo a tu pregunta, lo que sucede es que me encanta leer, soy un adicto a los libros. El último que leí fue La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells, ya que me dedicado últimamente a leer libros que fueron publicados a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Pues, al culminar, evalué el libro como si lo hubiese leído en la época en que fue escrito, y la verdad creo que fue una innovación de mucha magnitud; debió ser considerada como demencial. Digo, sé que ya no existía la inquisición ni nada de eso, además, estaban de moda los escritos controversiales, pero igualmente las personas tenían esa idea conservadora de la razón, recuerda que para aquel entonces el positivismo gobernaba la filosofía de vida de la gente, por lo cual creo que un escrito de tal calaña debió ser calificado de insólito, y no sólo por los de pensamiento positivista, porque seguramente los de pensamiento gnóstico también condenaron el libro. Pero bueno, creo que eso no viene al caso, verdad. A lo que iba era que, bueno, me gusta mucho leer, pero es complicado para mí, y puedo decir que me gusta y no me gusta.
– ¿Por qué? No entiendo eso que me dices, por qué no tratas de explicarte mejor.
– Bueno, primero y principal, sufro de dislexia y se me hace complicada la lectura, se me confunden las palabras y a veces ni las veo, pero con un enfoque y una concentración casi extrema puedo conseguir buenos resultados. Pero vuelvo y repito, no es muy fácil, a veces tardo mucho en comprender lo que dice una sola página. No sabría decirte cuánto tiempo, nunca me he medido. Por lo tanto, en ocasiones odio leer, pero en esencia me gusta mucho. Entonces, no sé, creo que esa es la mejor explicación que te puedo dar en este momento.
– Bueno, creo que para mí está claro. Pero ¿cómo haces para escribir? Leí tu último libro y es muy bueno, en mi opinión, ¿cómo le haces para que la dislexia no te arruine el trabajo?
– Es una buena pregunta, seguro que has indagado en las mentes de los que nos están escuchando en este momento. Es simple, pero vamos a comenzar desde el principio: mi primer libro fue…, bueno, una pesadilla; yo escribía en el liceo, las clases y eso, y lo hacía bien, porque hacía terapias con un especialista y eso me ayudaba mucho. Pero esas escrituras eran prácticamente nulas, comparándolas con el trabajo que tiene un libro, sea corto o largo, igualmente no es tan sencillo. Yo me decidí a escribirlo a toda costa, y estaba consciente de mi problema, incluso, pensé en que me podía pasar la vida entera escribiendo un libro. Pero no fue tan dificultoso como pensé que sería. El teclado de la computadora es fácil de leer, porque sólo lleva simples caracteres que conozco, y no fue allí en donde estuvo el problema principal, sino en la pantalla. A veces veía tantos espacios en blanco en la pantalla que la idea de lo que escribía se perdía y tenía que retomar la lectura desde un lugar visible, con mucha calma para poder comprender y poder continuar. Con el tiempo fui memorizando muchas palabras desconocidas y los espacios en blanco se iban rellenando poco a poco. Parecía magia. Llegaba a escribir hasta dos páginas diarias. Seguro estás pensando que es poco, que cualquier escritor puede escribir hasta más de dos páginas diarias, y yo lo menciono como si fuera un hecho magnánimo. Pero ponte en mi lugar, ¿qué haría si para poder comprender lo que dice un párrafo de cinco líneas tuvieras que estar más de cinco minutos evaluando cada sílaba, cada palabra, por separado, y codificando y codificando hasta que logras saber lo que dice? Digo, porque tú, un joven común y corriente, pasas los ojos sobre la línea y la comprensión es una cuestión inmediata. ¿Sabes cuándo aprendí a leer la frase mi mamá me mima? La tercera vez que repetí el tercer nivel del kínder.
– ¿De verdad?
– Sí, así como lo oyes. Aun tengo problemas con este trastorno. Hace unos años participé en un ciclo de lecturas con otros escritores jóvenes. Bueno, relativamente jóvenes, ya que cada uno iba pisando los treinta años. Entonces, yo di unas especificaciones para que me imprimieran el cuento que iba a leer: la letra debía estar a dieciocho puntos, la hoja debía tener márgenes de cuatro centímetros por cada lado, y también debía llevar un interlineado múltiple; eso hace que quepa un aproximado de setenta palabras en la hoja. Si tiene eso, puedo leer fluidamente como cualquier persona. Pero, al parecer, había escasa tinta en la impresora o algo así. Y me dieron una hoja con una letra que parecía tener un tamaño de catorce puntos, los márgenes estaban bien, y el interlineado también tuvo errores: estaba a espacio y medio.
– ¿Y qué sucedió?
– Bueno, tuve que pedir disculpas. Dije que me sentía mal, que me dolía la cabeza, porque me daba vergüenza decir que tenía dislexia, pensé que me iban a decir que no sabía leer; y esa es una raya muy estrambótica para un escritor. Pero yo sé que la gente sospechó, es que ¿cómo iba yo a engañar a aquellos que eran fanáticos de la lectura en general y que habían visto leer a cientos de escritores? Imagínate que yo, un novato para aquel entonces, hubiera rechazado la lectura. Fue casi una condena. Y ahora que lo pienso, especulo que por el hecho de que yo era un novato, no se cumplieron los criterios que pedí para la hoja que iba a leer, y claro, como yo nunca dije que tenía dislexia por la vergüenza, pues, era obvio que creyeran que yo era una especie de divo o algo así. Ahora me río, pero créeme que después de eso no pude dormir en una semana, incluso dejé de escribir por mucho tiempo, ya que pensaba en lo que la gente podía estar diciendo de mí, cosas horribles, como que era un escritor mediocre, que yo seguro me había plagiado los libros y otro montón de cosas que… no quiero ni pensar.
– Qué feo. Debió ser muy difícil afrontar ese problema, y sinceramente, no sabía que tenías ese problema.
– Es que no lo había confesado sino hasta ahora. Lo que sucede es que hace poco leí unos trabajos sobre la dislexia, es que este mismo problema me obliga a alejarme mucho de lo que son textos científicos, porque no comprendo algunos términos que se usan en este tipo de escritos. Pero al fin logré leer completos unos cuantos trabajos sobre esta enfermedad y, pues, ahora tengo más confianza y ya no me da pena decir que no sé leer bien. Sé que es una enfermedad con la que cualquiera puede nacer.
– Qué bueno que ya no te afecte. La psiquis debe estar saludable cuando se tiene este tipo de enfermedades. Oye, para olvidar esta melancolía que nos está invadiendo, ¿no tienes una anécdota que te haya causado risa, y que tenga que ver con la dislexia?
– Bueno, una vez estaba en la calle con unos amigos del taller de poesía. Nos sentamos en un café y pedimos unos dulces y unos jugos. En la mesa contigua estaba sentado un señor que leía el periódico. Para aquel entonces, yo desconocía algunas palabras que son elementales. Volteé y leí el titular del periódico: «Putas causan la muerte de un muchacho». En ese instante, mi mirada se sobresaltó tanto que mis amigos se dieron cuenta y me cuestionaron. Recuerdo que uno me preguntó: «¿qué pasó, qué viste?» Y yo dije: «es que ahora ni los periódicos respetan al público, qué bochornoso. Mira lo que dice allí, “Putas causan la muerte de un muchacho”, deberían multar al periódico». Entonces, el muchacho se me quedó mirando como si yo estuviera loco, y me dijo: no, eso no es lo que dice, dice “disputas causan la muerte de un muchacho”, ¿acaso estás ciego? Y luego, mágicamente, apareció la sílaba dis en la palabra. Eso no fue tan embarazoso. Igualmente, es una anécdota que me causa mucha risa cada vez que la recuerdo. Algo parecido me pasó con otra palabra. Durante un comercial de televisión de esos psíquicos estafadores había un eslogan que decía: «aquí está el culo», e igualmente me perturbé, pero rápidamente me di cuenta de que era una jugarreta de mi dislexia. Fue cuando me aclararon que el eslogan decía «aquí está el oráculo». Esta anécdota no me parece tan graciosa como la anterior, no sé por qué.
– Bueno, a mí ambas me parecieron graciosas. Y tengo que dar una mala noticia: ya se nos acabó el tiempo. A ver, ya que hablamos de dislexia en esta última parte del programa, qué les puedes decir a esas personas que tienen esta enfermedad y, tal vez, nos estén escuchando en este momento.
– Bueno, yo soy escritor, soy lector, y soy disléxico. Contradictorio, ¿verdad?, pero es cierto. Es muy difícil convivir con algo como esto que yo tengo y muchos tienen también, ciertamente, pero hay maneras de controlarlo, y gracias a esas maneras he podido tener buena calidad de vida. Qué más podría decir.
– Gracias por estar aquí con nosotros. Eres bienvenido en el momento que sea al programa.
– No, al contrario, muchas gracias a ti.
***




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