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IMAGINARIUM: EL COMA
Añadida el 14-03-2010 Por nixon
Tipo: relato
«Ha entrado en estado de coma, señora».
La voz del médico me parecía un mero acto de falsedad, como si estuviese hablando en latín culto, en arameo o en egipcio antiguo. Una lengua inexistente, pero que podía comprender a la perfección. Estoy en coma. ¿Pero cómo puedo escuchar que alguien habla en el cuarto del hospital? ¿Cómo puedo escuchar la voz del médico o el llanto de mi madre que aun no puede creer que haya tenido un accidente de motocicleta? Sí, mi madre llora, y mi padre está junto a ella; él no llora, pero sí percibo su tristeza, su rostro lleno de incertidumbre.
«Si mañana no despierta del coma, señora, puede ser que se muera».
Pero me siento bien; qué es lo que puede estar tan mal; es sólo un coma profundo. Según lo poco que conozco, el coma se da cuando el cuerpo está luchando por la vida. El coma es como un mecanismo de defensa o algo así. Pero si no me duele nada, ni siquiera siento el cuerpo, o eso creo. ¿Tuve un accidente? Pero, ¿por qué puedo oír a mi madre gritando? ¿Por qué puedo percibir la seriedad mortuoria del médico, o a mi padre dando un abrazo asfixiante a mi madre? No lo sé, tal vez esté muerto y mi espíritu no está en el plano terrenal, vagando por culpa de esa muerte tan abrupta que tuve. Pero no, no estoy muerto, puedo escuchar el aparato que mide mi ritmo cardiaco. Bip… Bip… Bip… Es un sonido débil y poco constante, pero suena, al fin y al cabo. Y el mismo médico lo dijo, estoy en coma. ¡Qué confusión! ¿Será que el coma se siente así? tal vez, si llego a salir de esto, pueda hablar con alguien que haya sufrido lo mismo que yo, y tal vez ese alguien me pueda aclarar esta situación.
Pero qué extraño, ¿y los lloros descontrolados de mi madre? ¿Por qué ella ya no llora? ¿Será que ya me morí, porque no escucho su voz? Y mi padre. Ya no lo oigo a él tratando de consolar a la desdichada mujer. ¿Será que el también sucumbió ante el dolor de verme así, con todos esos tubos dentro de mi boca y mi nariz, y se fue del cuarto? Pero, si es la muerte, es lo más aburrido que hay, porque sólo puedo pensar. No oigo, no siento mi cuerpo, sólo hay oscuridad. ¡Qué aburrida es la muerte!, si lo hubiese sabido antes, me hubiese cuidado más y no me hubiese puesto a correr en la motocicleta como a cien por hora, y, pues, mis reflejos no actuaron como debían cuando ese camión se comió la luz roja.
Qué lástima. Me hubiese gustado ser un actor de cine reconocido, que la gente me pidiera autógrafos y todas las chicas lloraran al verme; por ello iba al gimnasio todos los días, y me cuidaba el rostro con cremas anti acné, e iba todos los días a calarme aquellos vergonzosos ejercicios de expresión en el teatro (ahora me doy cuenta de por qué el teatro tiene mala fama), para nada, porque mi talento para la actuación era natural; creo que actuaba mejor que el profesor. Y ahora qué es lo que me queda sino está aburrida muerte, en la que no puedo actuar, en la que no puedo, ni siquiera, poder sentir dolor, o hambre, o ganas de ir al baño. Incluso, creí que, por mi insolente comportamiento, pues, cuando llegara mi hora (la cual habría esperado a los ochenta años y no a los dieciocho), iría al infierno; también porque nunca recé el padrenuestro cuando mi mamá me obligaba, y nunca recé en mi adolescencia, y me valía el fin del mundo, porque todos los días me decían que estábamos en los últimos días, que el apocalipsis acontecería en cualquier momento, pero nunca sucedió nada, así que me cansé de esperarlo.
¿Y si este es el infierno, este espacio negro en donde sólo actúa la consciencia? ¡Diantres! Esto me pasa por no rezar el padrenuestro y no creer en el apocalipsis; ahora estoy en el infierno. No creo poder soportar una eternidad en este estado; no sabría si me estoy volviendo loco o no, o sí algún día esto va a terminar. Bueno, creo que sólo me queda recordar lo que fue mi corta y poco interesante vida, y luego inventarme otra vida, tal vez, vivir en esta oscuridad la vida que pude haber tenido (o la que soñé, mejor dicho) y luego inventarme otra y otra y otra y luego de que se me acaben las vidas imaginarias, pues, pensaré.
¿Cuánto tiempo habrá pasado desde que me morí?, ¿dos horas, tal vez? no sé, aquí como que el tiempo no transcurre, no existe, quizás ya cumplí un siglo y ni me di cuenta, o un milenio. ¡Qué frustrante es saber que el tiempo no corre como uno normalmente está acostumbrado! Creo que no valoré mi vida lo suficiente como para tener una muerte digna, y ahora tengo que pagar con este fastidio. Hubiese sido hasta más gratificante ver a otras almas con las que pudiera charlar. No me hubiese importado estar picando piedras en una prisión eterna o quemándome los pies, pero, por lo menos, estaría hablando con los demás, comprendiendo sus historias, por qué llegaron al infierno. Unos me dirían: «estoy aquí por escuchar heavy metal y fumar marihuana»; otros me dirían: «estoy aquí por acostarme con varias mujeres y por no llegar virgen al matrimonio eclesiástico» o «estoy aquí por decirle afeminado a un sacerdote», etcétera. Pero comprendería esas historias y trataría de buscar las posibles soluciones. Y expondría la mía: Estoy aquí por insultar a una predicadora del evangelio y por no creer en el fin del mundo, y tal vez, también porque estuve más preocupado por mi físico que por mi intelecto, y pues, no adquirí el suficiente conocimiento como entrar por las puertas de San Pedro.
¡Pero esto! Qué aburrimiento; preferiría estar como un fantasma, asustando a los niños en las noches, o apareciéndome ante los abusivos que me fastidiaban en el colegio y halarle los pies fuertemente mientras duermen. Sí, eso sería bueno, pero ¿cómo lo hago? En este sitio, si es que así se puede denominar, me contraigo y ni siento que me muevo. ¿Cómo haría mi abuelo para aparecérsele a mi madre cinco veces? Bueno, la verdad es que no sé si esa historia es verdadera, sólo sé que cada vez que nuestra familia se reunía, alguien decía que el espíritu de mi abuelo estaba presente, y luego mi mamá echaba el cuento de las cinco veces que se le apareció. ¿En dónde estará mi abuelo a ver si le pregunto cómo le hace para ir a la tierra de nuevo?
¡Oye, algo pasa!, puedo escuchar a mi madre de nuevo, está llorando, y mi padre la está consolando; y los veo, a ellos, y al médico parado como un idiota, como si nada estuviese pasando, con esa libreta apretando su barriga. No me había dado cuenta, pero esa barriga (esa es la cerveza) era enorme. Y ahora veía, sí, o si no, no me hubiese dado cuenta de la barriga. Y pude hablar: «mamá, papá», dije. Me sorprendí de lo débil que era mi tono de voz. Escuché los electrónicos latidos de mi corazón, constantes y como los de cualquier otro corazón. Mi madre corrió hacia mí, y me abrazó tan fuerte que el médico y mi padre tuvieron que quitármela, porque estaba obstruyendo el oxígeno artificial y eso me hacía marearme. «Es un milagro», dijo el médico, quien tenía aun la misma cara de idiota.
No quise dormir, pero el médico me dijo que la operación había resultado un éxito y que esa hemorragia interna había sido controlada y que sólo me quedaban pocas horas de observación, que durmiera, que ya no entraría en coma de nuevo. Pero yo le conté, le conté que pensé que había muerto, que un muerto podía pensar, que esa era la muerte, y pude leer su pensamiento: «ahora necesita un psiquiatra, el golpe lo volvió loco». Pero yo no estaba loco, yo había vivido eso. Y no fue suficiente como para escribir una novela, tal vez, un relato corto quede bien. También, creo que dejaré de manejar motocicleta, y leeré más, mejor dicho, leeré; y bueno, creeré en el apocalipsis y rezaré todas las noches. En realidad no creo que lo haga, sí trataré de hacerlo; no aseguro nada. Pero en definitiva dejaré las motocicletas.




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